domingo, 6 de junio de 2010

Ponyo en el acantilado


Título: Ponyo en el acantilado (Gake no ue no Ponyo)
Director: Hayao Miyazaki
Intérpretes (voces): Yuria Nara, Hiroki Doi, Tomoko Yamaguchi, George Tokoro
Año de estreno: 2008

Han sido nada menos que cuatro años (cinco, si hablamos de los cines españoles) desde que Hayao Miyazaki nos deleitó por última vez con una de sus maravillosas películas, nada menos que con la espectacular El castillo ambulante, película que por cierto compite con El viaje de Chihiro por convertirse en mi preferida del Studio Ghibli, si bien decidir entre cualquiera de ellas resulta francamente complicado. Miyazaki padre dejó el listón muy alto, tal vez por eso Cuentos de Terramar, dirigida por su hijo Gôro, no me acabó de convencer, más por el argumento (probablemente a consecuencia de la mezcla de elementos tomados de tres volúmenes de la saga de Terramar, de Ursula K. Le Guin). Por eso me da la sensación de que, como hiciera tras el fracaso comercial de Mis vecinos los Yamada, Hayao Miyazaki vuelve a intervenir para sacar las castañas del fuego al estudio, y lo hace con una película con fuertes ecos Disney (que no por nada le distribuye las películas fuera de Japón), con sus elementos más características y con una conmovedora historia.

Nuestra protagonista es una pececita que vive bajo el mar con su padre, un misterioso hechicero llamado Fujimoto. Tras escapar de su hogar, llega hasta la costa, donde es recogida por un niño de cinco años llamado Sosuke, que le da el nombre de Ponyo. Enamorada de su salvador, Ponyo es forzada a regresar al mar, pero no está dispuesta a separarse de Sosuke: utilizando el poder de su magia, se dispone a cumplir su más ferviente deseo: convertirse en humana.

Debo reconocer que, por primera vez con una película de Ghibli, cogí Ponyo en el acantilado con escepticismo. Quizá por las buenas opiniones que suscitó, no sólo entre los críticos (eso es habitual, después de todo, las películas de Ghibli son verdaderas obras maestras) sino entre el público: estoy tan acostumbrada a que la gente denoste el anime que me resulta raro y hasta sospechoso que sea tan alabado como lo es en este caso. La respuesta está muy clara: la mayor parte de las críticas que se hacen al anime proceden de la imagen que se tiene en nuestro país de que los "dibujos animados" son "para niños", algo que no sucede en otros países; por eso, la violencia del anime (que en realidad suele estar destinado a un público adolescente y joven) paga el pato al no adaptarse a ese estándar. Claro, Ponyo en el acantilado es lo más cercano que ha parido Ghibli a una película infantil, y eso sin alejarse de los cánones de las demás películas de Miyazaki. Lo cierto es que la historia de Ponyo resulta a todas luces encantadora, con unos personajes muy tiernos, cercanos a los de Mi vecino Totoro, película que recomiendo a los padres que salieron encantandos del cine con sus hijos después de ver Ponyo en el acantilado.

Sobre el aspecto visual, poco puede decirse pues Miyazaki se mantiene fiel a su estilo de dibujo, una de las marcas de identidad del estudio junto a la pantalla azul con la efigie de Totoro y el logotipo de Ghibli al comienzo de cada película. Ponyo en el acantilado resulta tan deliciosa estéticamente hablando como cualquier otro filme de Ghibli, y además incluye la novedad de hacer del azul el color dominante, en vez del verde, como venía siendo en la mayoría de sus películas en las que los bosques tenían papel importante, o sea, en casi todas. En Ponyo me ha parecido percibir más influencia de algunos clásicos Disney, especialmente la inevitable Sirenita y, por extraño que pueda parecer, Fantasía: la larga secuencia inicial que nos sumerge en el hogar de Ponyo me ha recordado muchísimo a la icónica obra maestra sin palabras de 1940.

Puntuación: 8

sábado, 5 de junio de 2010

Reservoir Dogs


Título: Reservoir Dogs
Director: Quentin Tarantino
Intérpretes: Harvey Keitel, Tim Roth, Michael Madsen, Steve Buscemi
Año de estreno: 1992

Mi periplo por la filmografía de Tarantino termina, ¡qué curioso!, precisamente donde empezó. Todo el mundo conoce Reservoir Dogs, tal vez porque el masivo éxito de Pulp Fiction empujó a mucha gente, como siempre pasa, a interesarse por el director. Como todas sus películas, es objeto del culto de sus fans. Pero en mi opinión... bueno, todo a su debido tiempo.

Reservoir Dogs se centra en cinco ladrones que tienen como encargo robar una imporante cantidad de diamantes tallados. El golpe está calculado al milímetro por Joe, la persona que les ha contratado, pero algo falla, aparece la policía y el grupo se dispersa en medio de un tiroteo. Reunidos en el almacén que sirve de base de operaciones, las incendiarias personalidades de los supervivientes, perfectos desconocidos entre sí que se llaman entre ellos por colores, salen violentamente a la luz.

Tarantino ya apuntaba maneras cuando estrenó este primer largometraje, en el que pueden apreciarse todas esas señas de identidad que le han granjeado tantos fans: mucha violencia, ocultando al espectador la justa; los personajes de gran carisma; el humor negro, negrísimo; las conversaciones tan insustanciales que pueden parecer estúpidas (algo que quedaría elevado a su máxima esencia en la famosa conversación sobre los nombres de las hamburguesas entre Vincent y Julius en Pulp Fiction), los intertítulos que introducen ciertas secuencias y la inevitable narración no lineal, recurso aún en pañales que el director no desarrollaría hasta su nivel de perfección más notable hasta su siguiente película.

Para mí, Reservoir Dogs es, por así decirlo, un ensayo de Pulp Fiction. Evidentemente, no son del todo iguales, pero tienen demasiados elementos en común, no sólo las famosas señas de identidad de Tarantino, que coincido con los fans en que están presentes por igual en todas sus películas, en mayor o menor medida. Tal vez se trate de la cercanía en el tiempo que relaciona a ambos largometrajes, pero lo cierto es que me da la impresión de que Tarantino pone a prueba en esta película esas señas de identidad para comprobar si funcionan; dado que fue así, desde entonces aparecen en las siguientes. Es una suposición descabellada, por supuesto, pero no deja de darme la impresión de que esos recursos poseen una forma más tosca que el resto de la película, por lo demás excelentemente bien rodada. No obstante, al verla he tenido una sensación parecida a la que tuve con Malditos bastardos: su violencia, a diferencia de la de otras películas del director, me ha parecido desagradable. ¿Por qué sólo me sucede con algunas?

Puntuación: 5

jueves, 3 de junio de 2010

La culpa ajena


Título: La culpa ajena (Broken blossoms or The yellow man and the girl)
Director: D. W. Griffith
Intérpretes: Lillian Gish, Richard Barthelmess, Donald Crisp, Edward Peil Sr.
Año de estreno: 1919

Los títulos más conocidos de la extensísima filmografía de Griffith son El nacimiento de una nación e Intolerancia. No obstante, hay muchos otros títulos en los que se puede reconocer la mano del legendario director, así como su particular tratamiento de sus temas predilectos. La culpa ajena narra una dramática historia en la que el racismo, la brutalidad, el miedo y la bondad innata se encarnan en los distintos personajes.

Un joven chino llamado Cheng Huan abandona su patria con el objetivo de viajar a Inglaterra y propagar la doctrina budista. Años más tarde, el bueno de Cheng ha fracasado en su propósito y es un perdedor más, regenta una tienda de regalos chinos y es habitual verle en los fumaderos de opio. Por otra parte nos encontramos a Lucy, una niña cuyo padre, el boxeador Battling Burrows, maltrata a menudo, y que carece de toda clase de sueños porque desconoce la esperanza. Cuando, tras una enorme paliza, Lucy se desploma en el interior de la tienda de Cheng, él dedica todos sus esfuerzos a cuidarla.

El argumento posee un patetismo que tan sólo el tratamiento visual del mismo hace realmente trágico. Griffith recrea a la perfección, asistido por las interpretaciones de los actores (destaca especialmente Lillian Gish, que sorprendentemente hace creíble un papel infantil a sus veintiséis años de edad, sobre todo en las escenas en las que demuestra su miedo); no resulta complicado imaginarse a los espectadores estadounidenses, recién salidos de la I Guerra Mundial, llorando a moco tendido con esta conmovedora historia en la que el sufrimiento en todas sus vertientes posee una presencia uniforme a lo largo de toda la trama.

Acerca del aspecto estético, poco se puede decir. La culpa ajena es una película muy antigua y su estado de conservación no permite que su calidad sea tan buena como en el momento de su estreno. El blanco y negro original se ve teñido de distintos colores según las secuencias, una práctica muy habitual en la época del cine mudo para denotar si el ambiente es interior o exterior (todo se rodaba en estudio), o la hora del día en que se desarrolla la acción. Los intertítulos originales poseen, en su mayoría, un fondo opaco en negro, si bien algunos presentan dibujos que sugieren el lirismo de las frases que desciben los sentimientos de Cheng hacia Lucy.

Puntuación: 6

The good girl


Título: The good girl
Director: Miguel Arteta
Intérpretes: Jennifer Aniston, Jake Gyllenhaal, John C. Reilly, Tim Blake Nelson
Año de estreno: 2002

Debo confesar que no me gusta Jennifer Aniston. No sé si Rachel Green, su personaje en Friends, tiene parte de la culpa, pero lo cierto es que no me parece buena actriz. Cierto es que he visto muy pocas películas protagonizadas por ella, pero es que la evito deliberadamente. En el caso de The good girl, entre que me hablaron muy bien de ella y que me apetecía volver a ver a Jake Gyllenhaal, decidí arriesgarme.

Justine Last es una treintañera atrapada en una vida que detesta: trabaja en un supermercado deprimente, su marido es un porreta y no logra quedarse embarazada. Las cosas parecen cambiar cuando conoce a un enigmático joven que se hace llamar Holden, como el protagonista de El guardián entre el centeno. No tarda en averiguar que él se siente tan aislado como ella, y una tórrida relación se desarrolla entre ambos.

Entre el confuso título y la presencia de Aniston, uno puede caer en el error de creer que se trata de una comedia romántica, y lo cierto es que The good girl es un verdadero drama en el que una mujer se ve obligada a decidir entre la seguridad de la rutina y la posibilidad de un futuro nuevo pero incierto con un muchacho desequilibrado. La asfixiante atmósfera del pueblo de mala muerte en el que vive Justine (en serio, los pueblos en Estados Unidos son de todo menos pintorescos, no me sorprende que para eso vengan a Europa) y de su detestable vida quedan reflejados no tanto en su entorno, que también, como en su abandono físico. Sin embargo, el inestimable punto de vista que ofrece la historia nos permite valorar de maneras muy distintas esa vida que tanto odia Justine.

El mayor peso de The good girl se la llevan las interpretaciones. Aniston realiza un papel diametralmente opuesto al que le dio la fama, haciéndolo creíble; Gyllenhaal interpreta a un nuevo Donnie Darko algo más crecido. John C. Reilly, al que sólo conocía como el bueno de Amos en Chicago, sorprende con un papel similar (el marido cornudo) pero muy, muy distinto al mismo tiempo. Incluso mi admirada Zooey Deschanel tiene un pequeño e histriónico papel.

Puntuación: 6

miércoles, 2 de junio de 2010

Prince of Persia


Título: Prince of Persia: Las Arenas del Tiempo (Prince of Persia: The Sands of Time)
Director: Mike Newell
Intérpretes: Jake Gyllenhaal, Gemma Arterton, Ben Kingsley, Alfred Molina
Año de estreno: 2010

Érase una vez una fábrica de dinero llamada Disney que, no contentos con los pingües beneficios reportados por una de las sagas cinematográficas más rentables del cine reciente, los del toque mágico del Midas gótico y los de sus sucesivas entregas de preadolescentes cantantes que superan los prejuicios sociales, decidió forzar un poco más la máquina y combinar su particular ideología con una de las corrientes más exitosas en taquilla de las películas de aventuras actuales: la adaptación de videojuegos. Purgando entre títulos adaptables según sus principios, léase, sin sexo ni violencia, la pequeña gran Disney topó, ¡oh, maravilla! con una saga mítica a la par que actual: Prince of Persia. La pequeña gran Disney se frotó las manos cual mosca sobre un bollycao y compró los derechos para hacer de la inmortal saga una nueva mina de oro.

Antes de narrar el argumento, explicaré lo más brevemente posible algunos datos acerca de la saga original de videojuegos. Prince of Persia es la denominación que engloba un total de diez títulos para distintas plataformas, todos ellos de factura norteamericana. El primero, cuyo título era un sencillo Prince of Persia, vio la luz para ordenador en el año 1989 gracias a Jordan Mechner, que gracias al éxito de este primer juego se animó a sacar otros dos, secuelas del ya citado: Prince of Persia 2: The Shadow and the Flame (1994) y Prince of Persia 3D (1999), este último con apoyo de Microsoft, que incluía novedades como gráficos 3D, como su propio nombre indica. Llegó incluso a ver la luz en la efímera videoconsola Dreamcast. No obstante, estos juegos no cosecharon el éxito del primero, de manera que la ya famosa saga cayó (casi) en el olvido hasta que, en 2003, Ubisoft la rescató y sacó Prince of Persia: Las Arenas del Tiempo para Playstation 2, GameCube, Xbox y ordenador. Obtuvo la aclamación unánime de crítica y público y animó a la empresa a crear dos secuelas para crear una nueva trilogía: Prince of Persia: El Alma del Guerrero (2004) y Prince of Persia: Las Dos Coronas (2005). Como sucedió con la primera trilogía, las siguientes entregas no fueron tan exitosas, si bien Ubisoft no se ha rendido: además de varios ports para consolas portátiles de los juegos existentes y de nuevas aventuras para Nintendo DS (Battles of Prince of Persia y Prince of Persia: The Fallen King), dos nuevas entregas para consolas de sobremesa han visto la luz: Prince of Persia (viva la originalidad) en 2008, para Playstation 3, Xbox 360 y ordenador, que narra una historia nueva con personajes nuevos, y Prince of Persia: Las Arenas Olvidadas, una irónica versión en videojuego de la película basada en un videojuego para narrar una historia que tiene lugar entre las entregas de la trilogía en la que se basa el largometraje, convirtiéndola en tetralogía. Vaya, al final no he sido tan breve.

Pero volvamos al celuloide. La película se basa, fundamentalmente, en el videojuego homónimo, si bien se toman elementos de sus dos secuelas. El protagonista es Dastan, un huérfano pilluelo que malvive en las calles de la capital del Imperio persa hasta que el rey Sharaman le encuentra. Impresionado por su heroísmo, le adopta y le cría junto a sus dos hijos, Tus y Garsiv. Años más tarde, los tres hermanos viajan por el desierto hasta la ciudad sagrada de Alamut con el fin de conquistarla y averiguar si es cierto que sus fraguas abastecen de armas a los enemigos de Persia. No obstante, lo que encuentran es una población pacífica regida por una bellísima princesa cuya principal obsesión es proteger una misteriosa daga que cae accidentalmente en manos de Dastan. Cuando el rey Sharaman muere envenenado y Dastan es acusado del magnicidio, se ve obligado a escapar, llevándose consigo a la princesa Tamina, que le descubre el verdadero poder de la daga, que no es otro que el de hacer retroceder el tiempo.

Parece coherente, ¿verdad? No os engañéis: el guión de
Prince of Persia: Las Arenas del Tiempo está lleno de agujeros que sólo pueden explicarse en el fútil intento de tratar de condensar muchas horas de juego en menos de dos horas de película. ¿Se podría haber hecho mejor? Sin duda alguna, sí. Hay películas del mismo estilo y con premisas muy parecidas que resultan mil veces más sólidas argumentalmente que este Prince of Persia. ¿Se puede culpar a los guionistas de haber querido ceñirse demasiado a ciertos detalles del videojuego? Probablemente sí, pero tampoco lo sé con seguridad porque no lo he jugado. Sin embargo, si es así, también se debe aplaudir (moderadamente) ese intento de fidelidad hacia la obra original. Lástima que el resultado haya sido tan... ¿cómo definirlo? Lamentable.

Visualmente, los norteamericanos vuelven a demostrar que no tienen la menor idea de lo que se cuece más allá de Boston al este y San Francisco al oeste.
Prince of Persia: Las Arenas del Tiempo luce una maravillosa mezcla de culturas orientales que engloban desde la India hasta el África Negra, incluyendo todo lo que hay en medio de manera indiscriminada, con los toques japoneses de moda. Como las falleras en Sevilla de Misión: Imposible 2, vaya. Pero claro, todos los personajes hacen de lo que son: americanos vestidos con chilabas. Supuestamente, la gracia está en la actitud de los personajes, diametralmente opuesta a lo que se espera de un puñado de "moros" (pensemos que somos americanos...). Destaca especialmente el "empresario" Sheik Amar, que entre otras gracias habla de capitalismo en el ¿siglo VI d.C.? De todas formas la datación es meramente orientativa, no quiero ponerme quisquillosa. Después de todo, en los videojuegos de Prince of Persia aparecen ascensores y a nadie le importa. En resumen, podría decirse que Jake Gyllenhaal salva la película, ¿por qué? Porque es guapísimo, pone unas caras muy graciosas, vive mucho su personaje (me parece haber oído las palabras "Jack Sparrow" de fondo) y evoca al perfecto héroe Disney de los tiempos modernos, con permiso de del príncipe Naveen de Tiana y el sapo, claro.

Podría entrar en otras cuestiones que hacen aún más increíble la película, como la moral de Disney aplicada al Próximo Oriente medieval (nadie puede creerse que Tamina vaya medio desnuda por el desierto y en toda la película no intente beneficiársela ni un solo tío, y se cruza con unos cuantos), o el propio final, y no diré más para evitar destripes, pero, en serio, ¿existe alguien que no sepa cómo acaban las películas de Disney?

Bueno, en resumen:
Prince of Persia: Las Arenas del Tiempo es mala a dolor, pero entretiene bastante, las peleas están muy bien coreografiadas y se queda en mero espectáculo palomitero, y si me quejo es porque como cinéfila hay una serie de niveles que exijo para sentirme satisfecha con una película, algo que, por ejemplo, y ya no me voy a seguir aguantando más la (odiosa) comparación, Piratas del Caribe: La Maldición de la Perla Negra cumplía con creces. Pero sólo ésa.

Puntuación: 4

lunes, 24 de mayo de 2010

Despedida


Título: Despedida
Autor: Claudia Gray
Año de publicación: 2010
Editorial: Montena

Por primera vez desde que abrí este blog tengo ocasión de comentar una de las entregas de la que es, actualmente, mi saga vampírica predilecta. Sí, ha llegado a superar a Crepúsculo, será porque de tanto oír hablar de los vampiros de Meyer les estoy cogiendo manía, además la imagen de los actores de las películas está intoxicando el aspecto que los personajes habían cobrado en mi imaginación. La saga que nos ocupa, Medianoche, parte de premisas muy similares a Crepúsculo, pero se va por derroteros más... ¿cómo llamarlos? tradicionales dentro del tema de los vampiros, si bien la historia adquiere tintes de lo más interesantes. Publicada en España como consecuencia del éxito masivo de Crepúsculo y con unas portadas más que pensadas para potenciar esa similitud (las portadas originales norteamericanas son radicalmente distintas), yo misma fui la primera en caer en la trampa del márketing propuesto por Montena, y lo cierto es que me alegro de haberlo hecho. Despedida es la tercera entrega de lo que será una tetralogía, es la continuación de Medianoche y Adicción, y en la página web de la autora se encuentra anunciado el título del desenlace de la saga, que verá la luz en 2011: Afterlife.

Remontémonos un poco en el tiempo para comprender mejor el argumento de Despedida: Medianoche se inicia en un lúgubre internado llamado Academia Medianoche, al que sólo pueden acudir jóvenes de familias privilegiadamente ricas. Bianca Olivier no lo es, pero puede acudir por dos razones: la primera es que sus padres dan clase en la Academia y la segunda, que es una vampira, y además hija biológica de vampiros, lo que le hace aún más especial. Y es que, sí, la Academia Medianoche no es sino un lugar donde vampiros de apariencia juvenil acuden como excusa de la escolarización para pasar desapercibidos en la sociedad. Sin embargo, ella no quiere vivir en Medianoche, por lo que trata de escapar... Y en su huida se topa con un atractivo alumno recién llegado llamado Lucas, pero él no es la clase de alumno habitual en Medianoche por dos razones: la primera es que es humano; la segunda, que odia a los vampiros... En cuanto a Adicción, su argumento nos sitúa tras la marcha de Lucas de la Academia Medianoche. Bianca no acaba de adaptarse a su ausencia, sigue sin sentirse del todo a gusto entre los vampiros porque no quiere ser una de ellos y, por si fuera poco, comienza a ser objetivo de unas criaturas sobrenaturales muy distintas: fantasmas.

No revelaré más porque ya he destripado bastante la primera entrega de la saga, de Despedida sólo diré que se desarrolla semanas más tarde del desenlace de Adicción, y su argumento se centra en la nueva vida de Bianca y Lucas, juntos de nuevo, sí, pero perseguidos por toda clase de enemigos: vampiros de Medianoche, vampiros que no son de Medianoche, una orden de cazadores de vampiros y más fantasmas... Y los preocupantes síntomas enfermizos que Bianca comienza a presentar no ayudan a mejorar la situación.

¿Poco atrayente? Es posible, depende mucho de la predisposición del lector, como casi todo, me atrevería a decir. En su momento, la similitud de la portada española de Medianoche con las de la saga Crepúsculo me hizo recelar, pero lo cierto es que los devaneos de Bianca, Lucas y los demás personajes enganchan bastante. El giro final de Despedida, si bien me recordó poderosamente a Dos velas para el diablo, me dejó completamente absorta. No dejo de preguntarme cómo continuará Afterlife y, sobre todo, cómo traducirá Montena el título de esta cuarta novela.

Y es que a los traductores de títulos de Montena deberían colgarles por los pulgares, no sólo por los de esta saga, sino por los de toda la colección Ellas. Si bien reconozco que los títulos de la saga Medianoche son difíciles de traducir, sobre todo si se desea dejar el título en español en una sola palabra, como lo es el original (y como en la saga Crepúsculo, hum, qué sospechoso...), la verdad es que los títulos en castellano son un poco random. Así, Evernight se convierte en Medianoche (algo que tiene su lógica pues el título original es una palabra inventada que significaría algo así como "Noche eterna"); Stargazer, en Adicción (sin duda el más random de todos, pues sólo al leer el libro descubrimos que "La astrónoma", traducción literal del original, tiene mucho más sentido que su versión española) y Hourglass, en Despedida (sucede lo mismo que con Stargazer: al leer la novela comprendemos el poderoso significado de "El reloj de arena" en su desarrollo). Miedo me da lo que hagan con Afterlife, ya que su traducción literal es "La vida después de la muerte" y, en mi opinión, la opción ideal como título en castellano sería Ultratumba o Resurrección (depende de lo que suceda en su desarrollo), pero dudo mucho que me llamen para preguntarme lo que opino.

Puntuación: 9

viernes, 21 de mayo de 2010

Cuentos fantásticos


Título: Cuentos fantásticos
Autor: Rubén Darío
Año de publicación: 2001
Editorial: Alianza Editorial

Conocemos a Rubén Darío como principal exponente de la literatura modernista en lengua hispana. Conocemos sus etapas poéticas, desde la publicación de la lírica Azul... hasta sus últimas obras, como Lira póstuma. Sin embargo, su faceta como prosista queda fuera de los planes de estudios españoles. Su descubrimiento por mi parte ha partido de mi propio interés.

Esta modesta edición de Alianza contiene ocho cuentos especialmente escogidos por el editor. Cada uno de ellos, de corta extensión (el más largo no llega a las diez páginas), se sumerge en algún aspecto fantástico, tan del gusto del XIX: los milagros, los vampiros, los sueños y pesadillas, la detención del tiempo, la reencarnación, la aparición del diablo, los misterios de las culturas primitivas... Siguiendo la estela de su admirado Edgar Allan Poe y con una notable influencia, Darío materializa sus propias historias, cortas y deliciosas. Tal vez mi preferida sea, de las representadas en este volumen, D. Q.

¿Qué más puede decirse de un escritor lo bastante grande como para que le estudiemos en la Historia de la Literatura? Sus cuentos poseen una lírica que enlaza directamente con su delicada poesía, y sin duda los amantes de la literatura de Poe y similares harán todo un descubrimiento con estos cuentos. El volumen compila, además, un pequeño ensayo redactado por el propio Rubén Darío, titulado Edgar Poe y los sueños, en el que el poeta nicaragüense analiza el valor de las ensoñaciones en el escritor maldito que fue Poe y que tanta fascinación ejerció sobre él y muchos de sus contemporáneos.

Puntuación: 8